Las olas sacuden ligeramente la barca. El agua consigue reflejos anaranjados, el sol está cayendo. Enciendo el motor nuevamente, tras una larga siesta flotando en el océano. Todavía tengo tiempo de pasar por La Floreana antes de ir a casa.
Me llamo Amelia, vivo en Puerto Baquerizo, en las Islas Galápagos. Desde hace algún tiempo la rutina de mi vida me ha empujado a escapar con mi pequeño barco hasta una pequeña isla, La Floreana, donde prácticamente no hay nada más que mar y un pedazo de tierra. Allí se pasean de vez en cuando un grupo de gente, mis "espectadores", y cada día, represento una función.
En la capital, mi vida es de lo más normal, una vida anónima entre otras muchas. Por el contrario, en La Floreana, rodeada de rebosante calma e inusual expectación, dejo que conozcan a mi otro yo, ese que es interesante.
Piensa en todos los sueños que has tenido. Algunos no has tenido opurtinidad de cumplirlos y otros ni siquiera han permanecido en tu cabeza. A nosotras también nos ha pasado y, al igual que Earl escribía una lista con las cosas que quería corregir, escribimos nosotras una con esas pequeñas cosas que siempre hemos querido hacer. La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante.
miércoles, 15 de junio de 2011
Últimos mil metros
Notar el viento cortante en tu cara, mover brazos y piernas descompasadamente, reír mientras corres a carcajadas, recordar tu infancia. Correr como si la vida te fuera en ello, correr hacia ninguna parte, correr sin pensar en la gente que hay a tu alrededor. Simplemente, correr por correr.
Día 3
Otro ambiente totalmente distinto. Me siento perdida y, como medio de defensa, cambio mi personalidad.
Mi nombre es Ayleen. Vivo en Sunshine Coast, en la costa este de Australia. Han aparecido dos ideas en tu cabeza, ¿verdad? Lo sé, surf y aborígenes. Pues bien, no soy ni surfista (incluso me da miedo el agua), ni un aborígen (tengo un piso, en un edificio, en una ciudad); sólo para dejarlo claro. Os preguntareis entonces, ¿qué hace una chica de la otra punta del mundo en un lugar tan alejado y desconocido? Puedo responder a esa pregunta con una frase: soy una chica perdida buscando a otra persona perdida. La diferencia es que yo sigo estando más perdida que ella. Esa persona es mi abuela. Hace más de 10 años que no la veo, quizás ni se acuerde de mí, pero yo sí me acuerdo de ella. Tengo su imagen, algo borrosa en mi cabeza: una mujer, con la cabeza entre las sombras de la noche, acurrucada en mi cama mientras me leía una historia. Cada noche una historia distinta. Y eso es lo único que necesito para encontrarla.
Como las historias de mi abuela; otra persona, otra vida distinta, un nuevo relato. Ser quien se desee ser...
Mi nombre es Ayleen. Vivo en Sunshine Coast, en la costa este de Australia. Han aparecido dos ideas en tu cabeza, ¿verdad? Lo sé, surf y aborígenes. Pues bien, no soy ni surfista (incluso me da miedo el agua), ni un aborígen (tengo un piso, en un edificio, en una ciudad); sólo para dejarlo claro. Os preguntareis entonces, ¿qué hace una chica de la otra punta del mundo en un lugar tan alejado y desconocido? Puedo responder a esa pregunta con una frase: soy una chica perdida buscando a otra persona perdida. La diferencia es que yo sigo estando más perdida que ella. Esa persona es mi abuela. Hace más de 10 años que no la veo, quizás ni se acuerde de mí, pero yo sí me acuerdo de ella. Tengo su imagen, algo borrosa en mi cabeza: una mujer, con la cabeza entre las sombras de la noche, acurrucada en mi cama mientras me leía una historia. Cada noche una historia distinta. Y eso es lo único que necesito para encontrarla.
Como las historias de mi abuela; otra persona, otra vida distinta, un nuevo relato. Ser quien se desee ser...
Mi vida en las alturas
Amanece y el sol se cuela entre las hojas. Un tirón en la escalera y subo. Recogido entre unas pequeñas paredes de madera se encuentra mi refugio. Un lugar alejado del mundo (y del suelo); un lugar que es mío, única y exclusivamente mío.
Un puff es el único mueble que se puede apreciar. A su alrededor se esparcen libros, dibujos, anotaciones, lápices de colores, juegos,... Cicatrices de la felicidad. En las paredes, como en un museo, yacen colgadas fotografías de todas las épocas y de todos los lugares del mundo.
Mi pequeña casa en el árbol muestra mi vida y sirve, simplemente, para quien quiera evadirse de la realidad.
Un puff es el único mueble que se puede apreciar. A su alrededor se esparcen libros, dibujos, anotaciones, lápices de colores, juegos,... Cicatrices de la felicidad. En las paredes, como en un museo, yacen colgadas fotografías de todas las épocas y de todos los lugares del mundo.
Mi pequeña casa en el árbol muestra mi vida y sirve, simplemente, para quien quiera evadirse de la realidad.
Día 2
El bullicio de gente que hay en la calle me agobia, no me deja respirar. Me abandono a su fuerza, como en un rebaño de ovejas, dejo que me lleven a donde gusten, siguiendo la corriente...
Soy Akame y actualmente vivo en Zhengzhou, una de las muchas ciudades de la bulliciosa China. No sé a qué día estamos, tampoco sé muy bien dónde estoy. Me he perdido en un mar de gente desconocida, a la que no le importo yo, ni ellos me importan a mí. ¿Que a qué me dedico? Trabajo en un pequeño café escondido entre las callejuelas de Zhengzhou. Los clientes son pocos, pero en realidad tampoco me importa el dinero. Solamente necesitaba un lugar fijo, un sitio de referencia, donde solo yo decidiese quién soy, donde la gente sienta que soy real, aunque en cierto modo no lo sea.
Los rostros cambian al otro lado del mostrador. Una sonrisa, una mirada,... una conversación inesperada (por su parte, claro) y a cada vez, una nueva personalidad.
Soy Akame y actualmente vivo en Zhengzhou, una de las muchas ciudades de la bulliciosa China. No sé a qué día estamos, tampoco sé muy bien dónde estoy. Me he perdido en un mar de gente desconocida, a la que no le importo yo, ni ellos me importan a mí. ¿Que a qué me dedico? Trabajo en un pequeño café escondido entre las callejuelas de Zhengzhou. Los clientes son pocos, pero en realidad tampoco me importa el dinero. Solamente necesitaba un lugar fijo, un sitio de referencia, donde solo yo decidiese quién soy, donde la gente sienta que soy real, aunque en cierto modo no lo sea.
Los rostros cambian al otro lado del mostrador. Una sonrisa, una mirada,... una conversación inesperada (por su parte, claro) y a cada vez, una nueva personalidad.
Le Cirque du Soleil
Las luces bailan por todo el escenario otra vez. El clamor de los espectadores se extiende por toda la carpa. Los nervios me asaltan de nuevo, nos dan la señal. Comienza la función. Rápidamente trapecistas, acróbatas, mimos,... llenan todo el espacio, es hora de hacer soñar al público con nuestro espectáculo. En unos pocos pasos me encuentro al frente de cientos de personas interesadas en nuestro oficio.
De la parte superior de la gran carpa, descuelgan levemente unas lámparas barrocas, de difícil descripción a causa de sus infinitos detalles. Uno, dos, tres... Los movimientos de mi cuerpo son mecánicos, igual que en los ensayos, me digo. Alguien me aúpa por detrás para que pueda alcanzar la lámpara y entonces la hago girar y girar y girar, hasta que las luces se confunden con los hierros del lamparón, y ya no soy consciente de lo que hago. Los voceríos de los espectadores me recuerdan donde estoy, y mi cuerpo continúa moviéndose. Y los colores, los disfraces, las luces, los objetos,... Todo se funde creando la magia del circo.
De la parte superior de la gran carpa, descuelgan levemente unas lámparas barrocas, de difícil descripción a causa de sus infinitos detalles. Uno, dos, tres... Los movimientos de mi cuerpo son mecánicos, igual que en los ensayos, me digo. Alguien me aúpa por detrás para que pueda alcanzar la lámpara y entonces la hago girar y girar y girar, hasta que las luces se confunden con los hierros del lamparón, y ya no soy consciente de lo que hago. Los voceríos de los espectadores me recuerdan donde estoy, y mi cuerpo continúa moviéndose. Y los colores, los disfraces, las luces, los objetos,... Todo se funde creando la magia del circo.
martes, 14 de junio de 2011
Elemental, mi querido Watson...
El sol daba de lleno en toda la plaza, salvando algunos bancos resguardados a la sombra que daban los magnolios. Escogió aparentemente un banco al azar, pero la suerte no jugaba en este juego. En el sitio perfecto... ni escondido ni a la vista, pero donde pueda observar... el sitio perfecto. Su mente trabajaba habilmente.
Tomó asiento y desplegó el periódico del día que llevaba bajo el brazo. Con cuidada parsimonia se dispuso a leer los titulares de la portada. Pero apenas se concentraba, el tic-tac del reloj le pesaba en el bolsillo dentro del pantalón.
Dejó que las páginas pasásen rápidas, su meta era tan solo aparentar.
Miró la hora, las siete en punto. En la plaza los niños jugaban, las familias se retirarían pronto a sus casas. Poco a poco el bullicio de gente se hacía mayor, la calle se llenaba entonces de trabajadores cansados, deseosos de llegar a su hogar.
Blanca llegaba puntual a su encuentro sentándose a su lado en el banco. Tras el saludo, un pequeño silencio.
- Mira a esa mujer.
- ¿Cuál?
- Esa, la del abrigo verde. Parece la típica señora que te regalaría un plato de dulces tan sólo llamando a su puerta -sonrió-. Me recuerda a mi abuela.
El chico la miró de soslayo, con el ceño fruncido, sin comprender. La joven continuó:
- Y fíjate en ese hombre. El del traje, que parece recién salido de la oficina. Tan pulcro..., y seguro que va hacia el McDonald´s -giró la cabeza en una mirada que abarcaba toda la plaza-. ¡Oh! ¡Qué niña tan bonita! Bueno, no. Es demasiado perfecta. Seguro que es una niña mimada, hija única.
Él estupefacto por la trayectora de la charla, se rió y se unió animadamente a la conversación:
- ¿Qué me dices de aquel chico? Te está mirando descaradamente.
- ¡Eso es mentira!
- Seguro que se acerca y te dice alguna frase tonta para que te rías y te vayas con él. Luego, después de un par de citas, te darás cuenta de que yo soy mejor y de que te tendrías que haber quedado aquí hablando conmigo.
Tomó asiento y desplegó el periódico del día que llevaba bajo el brazo. Con cuidada parsimonia se dispuso a leer los titulares de la portada. Pero apenas se concentraba, el tic-tac del reloj le pesaba en el bolsillo dentro del pantalón.
Dejó que las páginas pasásen rápidas, su meta era tan solo aparentar.
Miró la hora, las siete en punto. En la plaza los niños jugaban, las familias se retirarían pronto a sus casas. Poco a poco el bullicio de gente se hacía mayor, la calle se llenaba entonces de trabajadores cansados, deseosos de llegar a su hogar.
Blanca llegaba puntual a su encuentro sentándose a su lado en el banco. Tras el saludo, un pequeño silencio.
- Mira a esa mujer.
- ¿Cuál?
- Esa, la del abrigo verde. Parece la típica señora que te regalaría un plato de dulces tan sólo llamando a su puerta -sonrió-. Me recuerda a mi abuela.
El chico la miró de soslayo, con el ceño fruncido, sin comprender. La joven continuó:
- Y fíjate en ese hombre. El del traje, que parece recién salido de la oficina. Tan pulcro..., y seguro que va hacia el McDonald´s -giró la cabeza en una mirada que abarcaba toda la plaza-. ¡Oh! ¡Qué niña tan bonita! Bueno, no. Es demasiado perfecta. Seguro que es una niña mimada, hija única.
Él estupefacto por la trayectora de la charla, se rió y se unió animadamente a la conversación:
- ¿Qué me dices de aquel chico? Te está mirando descaradamente.
- ¡Eso es mentira!
- Seguro que se acerca y te dice alguna frase tonta para que te rías y te vayas con él. Luego, después de un par de citas, te darás cuenta de que yo soy mejor y de que te tendrías que haber quedado aquí hablando conmigo.
Día 1
El ruido de la ciudad me rodea. Solo caras desconocidas caminando por calles desconocidas. Nadie se fija en mí, y nadie quiere fijarse. Yo soy tan anónima para el resto como ellos lo son para mí. No saben cómo me llamo, ni dónde vivo, ni por qué estoy allí en medio, parada preguntándome si seguir a la multitud. Puedo llamarme como quiera, vivir donde desee e ir a donde me lleven mis piernas. Puedo ser quien quiera ser. En medio de una ciudad sin nombre para mí, me creo una nueva personalidad.
Hola, me llamo Angélique. Vivía en La Baule, Francia. ¿Por qué estoy aquí, perdida? Porque ya estaba perdida. Necesitaba evadirme, escapar. Tengo 18 años. Vivía con mis padres, en un piso en primera línea de playa. Tenía muchos amigos, novio, unas notas perfectas. Demasiado perfecto, y yo soy imperfecta. Quiero una casa enana que no pueda pagar, dos amigos que estén a mi lado siempre, una carrera sin terminar y varias empezadas. Quiero viajar y cometer errores, quiero aprender de ellos. Y eso es lo que pienso hacer aquí.
He llegado a este lugar para no ser yo misma, y esta persona es quien quiero ser. Y nadie me lo va a impedir.
Hola, me llamo Angélique. Vivía en La Baule, Francia. ¿Por qué estoy aquí, perdida? Porque ya estaba perdida. Necesitaba evadirme, escapar. Tengo 18 años. Vivía con mis padres, en un piso en primera línea de playa. Tenía muchos amigos, novio, unas notas perfectas. Demasiado perfecto, y yo soy imperfecta. Quiero una casa enana que no pueda pagar, dos amigos que estén a mi lado siempre, una carrera sin terminar y varias empezadas. Quiero viajar y cometer errores, quiero aprender de ellos. Y eso es lo que pienso hacer aquí.
He llegado a este lugar para no ser yo misma, y esta persona es quien quiero ser. Y nadie me lo va a impedir.
jueves, 2 de junio de 2011
Aloha
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Me mantengo un poco más. Me gusta sentir el peso del océano encima de mí. Miro al frente y me fijo en el contraste de colores pastel con el fuerte azul. Un banco de peces pasa delante de mí y salgo. Respiro fuertemente mientras pataleo para no volverme a hundir y empiezo a nadar hacia la orilla. Al salir el sol me seca la piel, aunque no hay diferencia de temperatura con el mar. En el agua hay gente surfeando; en frente, mujeres bailando hula. El ambiente es de un continuo verano: sol, calor, playa y vacaciones. Suena música. El suave aire me despeina, cojo mi toalla y voy hacia mi hotel, preparada para otro día en medio del océano Pacífico, alejada de mi vida.
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