martes, 14 de junio de 2011

Elemental, mi querido Watson...

El sol daba de lleno en toda la plaza, salvando algunos bancos resguardados a la sombra que daban los magnolios. Escogió aparentemente un banco al azar, pero la suerte no jugaba en este juego. En el sitio perfecto... ni escondido ni a la vista, pero donde pueda observar... el sitio perfecto. Su mente trabajaba habilmente.
Tomó asiento y desplegó el periódico del día que llevaba bajo el brazo. Con cuidada parsimonia se dispuso a leer los titulares de la portada. Pero apenas se concentraba, el tic-tac del reloj le pesaba en el bolsillo dentro del pantalón.
Dejó que las páginas pasásen rápidas, su meta era tan solo aparentar.
Miró la hora, las siete en punto. En la plaza los niños jugaban, las familias se retirarían pronto a sus casas. Poco a poco el bullicio de gente se hacía mayor, la calle se llenaba entonces de trabajadores cansados, deseosos de llegar a su hogar.


Blanca llegaba puntual a su encuentro sentándose a su lado en el banco. Tras el saludo, un pequeño silencio.
- Mira a esa mujer.
- ¿Cuál?
- Esa, la del abrigo verde. Parece la típica señora que te regalaría un plato de dulces tan sólo llamando a su puerta -sonrió-. Me recuerda a mi abuela.
El chico la miró de soslayo, con el ceño fruncido, sin comprender. La joven continuó:
- Y fíjate en ese hombre. El del traje, que parece recién salido de la oficina. Tan pulcro..., y seguro que va hacia el McDonald´s -giró la cabeza en una mirada que abarcaba toda la plaza-. ¡Oh! ¡Qué niña tan bonita! Bueno, no. Es demasiado perfecta. Seguro que es una niña mimada, hija única.
Él estupefacto por la trayectora de la charla, se rió y se unió animadamente a la conversación:
- ¿Qué me dices de aquel chico? Te está mirando descaradamente.
- ¡Eso es mentira!
- Seguro que se acerca y te dice alguna frase tonta para que te rías y te vayas con él. Luego, después de un par de citas, te darás cuenta de que yo soy mejor y de que te tendrías que haber quedado aquí hablando conmigo.

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